miércoles, 6 de julio de 2016

CAMINOS EN CONSERVA

No sé nada del mundo. No sé cómo se creó, ni el porqué de las guerras, ni cuántas guerras, ni qué sistema, o qué estafa, ni qué derechos, ni qué pasa con las tierras robadas, ni con las explotadas, ni con el dinero, ni la ley del suelo, no sé qué leyes ni cuántas, ni ese escritor o escritora, ni cuántas teorías, ni avances en tecnología, ni idiomas, ni qué medicina, ni en qué oficina, ni cuántos océanos, ni qué sucedáneos, ni cuánto daño, ni qué ocho cuartos, ni qué película, ni qué cuadro, ni qué puñetazo, ni qué nave, ni qué fecha, ni cuántos números, ni cuántas letras, ni cuántas especies, ni cuántos pies, ni piedras, ni iglesias, ni qué sustancia.

Pero no sé, si me tiras de la esencia igual algo podemos sacar, sin tener que absorber la de nadie, pues no nací para ser garrapata, aunque a veces meta la pata con otras pieles.

Que no, no tengo casa, pero sí un techo por donde las nubes cabalgan y caen en plancha sobre el mar, sin dramas ni tormentas.

Que a veces me da por imaginar que enciendo la televisión y algo cambia. Porque me araña las entrañas que se mande todo al carajo, prefiero que en el primer telediario anuncien que somos escarabajos que hurgan dentro de sí, y sacan las tristezas a secar al sol que no siempre cae en lunes.

Que todas las veletas acaben en el vertedero porque nos dimos cuenta de que las direcciones no importaban.

Que desalojen los malos humos, en vez de a los genios, que andan por ahí desorientados dejando lámparas vacías y disecando sueños.

Y en la pausa del intermedio que tan solo se encienda una sonrisa. Sonrisas de lana, de esas que abrigan.

Que en la mesa siempre haya cerveza para que fermenten las miradas, que las mentes no enfermen y no haya que perder la cabeza sino encontrarla ¿Y por qué no? que a los del mal humor les salga moho en la espalda.

Y a ti que te salga una flor del bolsillo trasero del lado derecho del pantalón. Y te crezcan horizontes mientras duermes, que yo tengo en la despensa un montón de caminos en conserva.

Y tener una conversación de besugos pedante. Hablar de las rodillas, por ejemplo, decir que tienen poderes, que son calvas con tres pelos, que se sonrojan cuando las rozan unos vaqueros, que se mueren por saber qué hay más arriba. Hablar de ti aunque sea mentira. De mí, aunque sea cierto.

Que no nos bailen el agua, que nos bailen el viento. Y que las cenizas vayan donde quieran, a esconderse en una madriguera, a adornar otro paisaje, a la punta de un tejado, bajo la higuera de un bosque salvaje, en donde quiera que se cumplan los sueños olvidados.


miércoles, 1 de junio de 2016

ESPIRAL-MENTE HABLANDO

Me di cuenta de que la mayoría de mis cartas no iban dirigidas a una persona sino a una idea.

No le busques explicación. Hay que soltarlo de alguna manera porque si no la garganta cría estacas que se astillan más que la madera.

Esto no es una película.

No hay un conejo buscando sus guantes, ni puedes conocer tu muerte a través del ojo de una bruja. No podemos viajar en el tiempo, eso aún no es posible.

Así que no iremos a un concierto de los 60, ni veremos cómo un tipo o una tipa descubren el fuego, ni qué se contaban mientras hacían las pirámides, ni cómo eran esos ríos y esos árboles.

Siguiendo con la espiral, he confundido la realidad con el sueño, mientras una gata se hacía un ovillo en el valle de la curvatura de mi cintura aprovechando que me recosté sobre mi costado. Y después estuvo lloviendo.

He escuchado a Orishas desde la orilla de una copa de ron, y he tenido sed hasta llegar a la  trigésima nota de la última canción, que en realidad ya nunca será la última.

No hay que buscar tantas explicaciones, y esto lo dice una persona que no entiende infinidad de cosas.

El de la guitarra se marcha sin decir adiós.

Nos tomamos unas claras y a mí no se me aclara nada. Se me espesa el péndulo que me cuelga por dentro, oigo su tic-tac y noto el chorro de arena cayéndome de lleno, como si estuviera metida en un frasco de cristal que todos se empeñan en girar en sentido contrario, cerrándolo más y más en lugar de abrirlo.

No sé, esto siempre pudo ser un sueño. Ya ves, el Club de la lucha surgió de una alucinación, y seguramente habrá veintenas de Bridgets Jones anotándolo en un diario rojo.

Pero no le busques explicación a todas las preguntas que ilustran una mirada seca, puesta en la nada. No respondas cuando te digan si alguna vez te has enamorado de una voz, si has gritado precisamente porque sabes que nadie podrá escucharte, si has dejado que alguien se equivoque, si alguna vez has luchado ¿Sabes? Con todo aquello que una lucha implica, si has olvidado la palabra que dices todos los días y te has cagado de miedo, si has dicho adiós sabiendo que realmente es un adiós, si has lanzado algo con el único objetivo de romperlo, si te has sentido fuera de este mundo, si has llorado ¿Sabes? Con todo aquello que un llanto implica, si has tocado una cima, si has consultado con tu farmacéutico, si has hecho algo bueno a escondidas, si te ha parecido ver algo donde no hay nada, si has comido tierra, si has pintado con comida, si has perdido tus zapatos, si te lo has creído, si has olvidado el tiempo que hace que.

Ahora viene cuando tocas un si con la pandereta y te invito a gritar sandeces.

Y sigue la espiral.

Una vez me hablaron sobre la ciudad de la escarcha. El animal autóctono es una rana que es capaz de dormir toda la estación cubierta de hielo mientras el corazón se le va apagando hasta que para. Y después, con los primeros soles el latido despierta.

Supongo que con decirlo ya basta.

También me hablaron de los ópales, pero eso es otra línea.

Espiralmente hablando, no viajaremos en el tiempo, eso aún no es posible. Pero sí podemos viajar en el espacio, y vaya si queda espacio por recorrer.

Seguimos girando.

Artista desconocido

domingo, 24 de abril de 2016

ESCOMBROS DE TIEMPO

El barco había encallado. Hacía meses que no tocaba tierra.

El capitán, Rumbo, había muerto en la tormenta. Los demás estaban desaparecidos.

Intento recordar cómo fue el día en que pasé a formar parte de esta extraña tripulación. Nevaba. La cubierta olía a tierra mojada, cerveza, aventura. Por la noche, mientras cada uno contaba su historia a la luz de un candil, ya me había hecho al suave balanceo de las aguas.

La tierra firme no te acuna.

En aquel tiempo me había preguntado muchas veces cómo sería la despedida. En qué puerto acabaría cada uno. Nada, salvo el mar, la huida y la sed de sueños nos unía. Pero jamás imaginé que fuera a ser de esta manera. Nunca me dio por pensar que nosotros no seríamos quiénes decidiríamos el momento en el que decir adiós. De hecho, no habíamos dicho adiós, ni saboreado un beso de despedida, ni olido un último abrazo minutero, ni masticado con calma el último amanecer para guardarlo en el estómago y engañar a las náuseas de volver a pisar un suelo estático.

¿Cómo se digieren las palabras no dichas?

Estoy en una playa de cualquier parte, repleta de astillas de preguntas, y de preguntas astilladas. Viendo cómo las olas revuelcan y arrastran hasta lo profundo la mitad del letrero del barco, mientras que la otra mitad consigue mecerse entre mantas de espuma y recostarse en esta tierra firme que a mí no me dice nada. Un nombre partido que jamás volverá a unirse.

También me he partido. Me he desprendido de algo que ha ido a parar a otra parte. No hay nadie, ya no necesito mi nombre. Todo está en calma, como aquel día de nieve, como si éste también fuera el primer día de algo nuevo.

Este barco medio hundido son mis piedras. Quiero decir que es como si todos los días arrastrásemos una piedra de tiempo, dejándola justo detrás de nosotros, formando un muro. Al otro lado está el pasado, y no hay quien salte esa frontera.

Siento cómo los escombros de lo que ya fue se alejan hacia un horizonte que nunca encontré tan inmenso.

Recorro la orilla con mis ojos. Entonces caminando hacia mí distingo una figura.

Respiro hondo, la calma del lugar me envuelve.

Y así, mecida sobre un suelo que ahora parece acunarme, observo cómo Rumbo se acerca sonriendo.


lunes, 7 de marzo de 2016

DE REMATE, LOCA

Aisha tiene un puñado de años. Vive en una casa muy estrecha y alta. En su salón habita un ciervo que no parece querer irse. Aisha está un poco cansada de él, es antipático y su cornamenta, que parece un gran árbol está empezando a arañar el techo.

Como por su casa, pasa Pedro el babuino que se viste en las buenas horas con mangas verdes, hechas con musgo de las mejillas de los árboles que apuntan al norte. A veces también se viste de seda, y con cara de babuino se queda, mientras rebusca cosas entre alas de mariposas que fueron a parar desorientadas como los burros del garaje, al salón de Aisha.

Una mañana, Aisha se levanta de su cochambrosa cama que fabricó pegando con saliva, astillas de un tal palo y laureles donde siempre solía quedarse dormida.

Está…no sabe cómo está. Está ni fa ni fu.

Va hacia el salón. Sorprende a dos ardillas haciéndose la pelota, y así, hechas un ovillo se lanzan por la ventana.

Aisha se queda quieta.

“¿Qué pasa aquí?”

»Muchas nueces y poco ruido. Qué extraño.

De repente se da cuenta. El ciervo no está. Se ha marchado.

Aisha debería estar contenta, pero en vez de eso se queda quieta y se olvida de respirar. 
Se desmaya.

Cuando despierta está tumbada sobre su alfombra de oveja negra, nota algo frío en la sien. Es un tornillo.

Se levanta. Descalza, en camisón y como hipnotizada comienza a caminar, sale de casa y se interna en el bosque.

Aisha siempre consigue lo que sigue, pero ahora no está segura de qué está siguiendo.

Empieza a llover. El agua se la hace boca entre los dedos y le besa con la tierra en los pies. Lluvia con gusto no salpica.

Cruza un río en el que dos cocodrilos con cara triste se miran entre sí, sin que ella pueda adivinar si son lágrimas o gotas de lluvia lo que rueda por sus escamas.

Ella no está triste. Tiene buena cara, y de repente, al ten ten, ese “mal tiempo” se para.

Aisha llega a un claro del bosque y allí se encuentra con el ciervo.

Está quieto mirándola. Ella está…está allí sonriendo al animal que ayer mismo le resultaba tan antipático. Pensando que a lo mejor es hora de irse con la música a ninguna parte, dejar de ser tan quistimiquis.

Que de remate, está loca, eso está más claro que el viento, que lo hecho habita en el pecho, que no hay bien que por ciervo no venga, y que quizás la esperanza no es lo último que se pierde, sino lo primero que se encuentra.

Nota:

Hay quien dice que la historia de Aisha es una invención.

Otros dicen que sufría una enfermedad mental y que el ciervo era en realidad uno de los responsables del centro psiquiátrico donde pasó toda su vida.

Algunos aseguran haberla visto cerca de los claros del bosque, con un camisón raído, teñido de verde, mientras caminaba junto a un ciervo sonriendo.

Otros bromean y dicen que “todos somos Aisha”.

Y luego hay un puñado de personas, que tras abandonar todo aquello que no les llenaba, tras caminar por sendas desconocidas, atravesar ríos con cocodrilos y dejar que la lluvia les besara, han ido a parar a un claro de un bosque, siempre a un claro del bosque, donde han sentido un abrazo tranquilizador y la mirada protectora y guía de algo inmenso, algo así como un ciervo con una cornamenta enorme.


Lo más curioso es que este puñado de personas coincide en sus testimonios al afirmar que tras abandonar el claro del bosque, todos, en sus respectivos bolsillos, encontraron un tornillo. 
Light the Cigarette Together                                                 

lunes, 29 de febrero de 2016

LAS PIEDRAS NO TIENEN LA CULPA

- ¿Y qué vas a hacer ahora?

- No sé, hace días que no duermo, supongo que escribir. Usted me dijo que lo hiciera. Usted me dijo muchas cosas. Siempre lo hace. Después, cuando yo hablo, usted se calla. Imagino que es porque habita en el silencio y allí no se puede escuchar nada, o justamente eso es lo único que se oye.

Usted quiere una isla griega, donde tener una casita blanca cerca de alguna cueva, o mejor, dice, tener una cuevita, donde no cueste respirar y la crisis sea una leyenda que la gente comienza a olvidar. Así, todo muy de azul y muy de blanco, todos muy morenos sin matarnos al Sol. Viendo a lo lejos, algún velerito de verdad o de mentira, de madera o de nube.

Usted quiere esa isla griega porque además la necesita. Yo también. Si no cualquier día mando todo esto que a veces es nada, al carajo y vuelvo a morir. Y volver a morir es terrible. Es terrible porque sientes un goteo de aceite en la cabeza, toda la suciedad se pega al cuerpo, y el agua no parece lavar, por aquello de que apenas se mezcla con el aceite. Y el cráneo se erosiona. Por eso necesito la isla griega, la cuevita, el azul, el blanco, el velero. Necesito todo eso porque es un escudo que no daña el cerebro, que lo hace respirar y olvidarse de la resaca del mundo.

Hace días que no duermo, y cuando esto pasa las náuseas se acomodan. Se instalan sin pagar alquiler.

Pasamos por Parque Lisboa, pero allí no hay nada de Lisboa. Y yo no quiero ser una cremallera rota, aunque a veces sea necesario romper con todo. No quiero tener que necesitar el frío, ni tener que salir huyendo de un vagón porque la claustrofobia de mi propio cuerpo me llena de vahídos.

Usted me dice que me tome unas cervezas, pero ya no me hacen flotar. Añaden un clavo más a mis suelas, se alían con la gravedad, esa fuerza que no es grave, pero nos hace caer.

De todas formas, las piedras no tienen la culpa. Son estos ojos que pueden pero no quieren ver, esta mirada jubilada que grita con subtítulos a pupilas que no saben leer.

Hace días que no puedo dormir, y los vagones se convierten en transporte de jorobas. El tacto por sorpresa está en peligro de extinción. Como los teléfonos con cable, los susurros, o los “no tengo prisa”.

Usted me dice que vaya rápido, que la vida son un par de gritos y cuando toca un corte de digestión o de respiración. Pero yo prefiero moverme y contemplar, mecerme en un dulce balanceo entro lo uno y lo otro. Aún no deseo la estabilidad, aunque a veces juegue a ser estatua que tatúa silencios en una ciudad donde nadie se para a escuchar.

Hace días que no duermo y usted me repite que el camino siempre es hacia adelante, y yo le digo que eso es cierto, porque para qué andar hacia atrás.

Pero salto de un escenario a otro, y en el recuerdo voy y vuelvo. Y justo cuando pienso en que quiero dormir y no puedo…

Voy y despierto.

lunes, 15 de febrero de 2016

SI YO FUERA UN EXTRATERRESTRE

Si yo fuera un extraterrestre, no me preocuparía en abducir a ningún gobernador, ni en robar la esencia de mentes inteligentes.

Si yo fuera un extraterrestre, no como Gurb, ni E.T., más bien como una especie de nube capaz de convertirse en cualquier cosa, me transformaría en el olor que sale del mejunje que se forma al espachurrar la fruta madura y magullada que nadie se quiere comer.

En el sonido de las olas cuando rompen consigo mismas. Porque no es como cuando una persona se mete al mar y se lanza contra su reflejo. No sé cómo es, pero me gusta pensar que el sonido que se produce al romper contigo mismo tiene que ser increíble.

Si yo fuera un extraterrestre, me convertiría por un minuto al menos, en una papila gustativa.

Después en un  animal. Puede que en un flamenco, una ballena, o una hormiga.

Me metería dentro de un árbol y probaría aquello de echarse la siesta.

Me asomaría a un volcán, y a alguna mente con la puerta abierta.

Me daría un mordisco para saber cómo sabe un extraterrestre.

Si yo fuera un extraterrestre, buscaría a alguien que no me enseñara en qué consiste el dinero, ni las raíces cuadradas, ni el interior de un reloj, ni el tiempo.

Buscaría a alguien con cicatrices en la mirada, que supiera crear caminos entre escombros, que fuera capaz de desnudar al miedo en lugar de travestirlo de pereza, dudas y negaciones.

Alguien que sólo se apagara para jugar a las tinieblas. Alguien que quisiera jugar a las tinieblas por esta habitación que llamamos planeta.

Si yo fuera un extraterrestre, me pararía a mirar. No tendría días con prisa, ni un techo de cemento, ni un camino de alquitrán.

Si yo fuera un extraterrestre, me seguiría buscando.

Rastrearía al destino y le pillaría por sorpresa.

Buscaría ese segundo mundo del que nadie habla. Un lugar donde las mentiras fueran erradicadas, donde las únicas inundaciones fueran de palabras porque ya nadie calla lo que siente. Donde la verdad no duela, es más, donde el dolor sea una de esas mentiras que fueron erradicadas, y no tengamos que matar a la tristeza a base de hamburguesas.

Si yo fuera un extraterrestre, puede que ni siquiera pisara la Tierra.

Pero si lo hiciera, si fuera una especie de nube capaz de convertirse en cualquier cosa, como en el olor de la fruta madura y magullada, en el sonido de las olas cuando rompen consigo mismas, en una papila gustativa, un flamenco, una ballena, una hormiga…


Si yo fuera un extraterrestre, lo seguiría intentando.

lunes, 8 de febrero de 2016

CANTO MUDO DE CLAQUETA

Walt despertó al escuchar un ruido, como si alguien hubiese dado un golpe seco en una superficie de madera.

Se levantó de la cama, corrió las cortinas y observó desde un plano en picado la ciudad. Los tiempos habían cambiado. Walt lo sabía. Su mundo había decaído y él tenía que hacer algo.

Mufasa murió y ahora Simba estaba pensando en abdicar. Según el abogado Mowgli, poseía todos los derechos de abandonar a su manada, por lo visto ese ciclo sin fin sí que tenía un final.

<<Esto está mal>> pensaba Walt. Encendía la radio y todo eran malas noticias, genios sufriendo el desalojo de sus lámparas, Ariel, Nemo y los demás puestos en cuarentena por intoxicación de vertidos ilegales en el mar, Mery Poppins encarcelada por tráfico de drogas con ese poco de azúcar.

»Quizás sea mejor darse por vencido, meterme en el congelador y esperar a que pasen un par de décadas.
Estoy harto. No es justo, son todos unos desagradecidos, yo les di una historia, les presté un final feliz. Lo han estropeado, les abofetearía a todos, merecen sufrir. 

Decidido, Walt salió de casa. Sus pasos eran zancadas de ira, decepción, traspiés de cuándos, de porqués.

Intentaba recordar cómo era posible aquel salto de eje mientras sentía la sensación de que un gran ojo le perseguía, dispuesto a ser testigo de cada uno de sus movimientos.

Se cruzó con varios transeúntes, allí estaba Peter el pederasta, los aristogatos rebuscando en un contenedor mientras se peleaban con los tres de los 101 dálmatas que quedaban, Alicia en una esquina, mendigando un trozo de algún hongo que la hiciera crecer, aunque eso ya fuera imposible tras haberse consumido en el país de las toxicomanías.

Walt quería escupirles, escupirles con palabras que borraran aquello en lo que se habían convertido, prender los negativos, apagar la luz.

Salió de las callejuelas y cruzó el puente que unía el castillo con el resto de la ciudad. Aquello se había convertido en un burdel donde las princesas ofrecían sus cuerpos a magos, piratas, y robots.

Walt entró en una sala concurrida, subió de un salto en una mesa que rodeaban los siete enanitos, dio una patada a lo que parecía un elefante estofado con orejas enormes haciendo que el paquidermo volara y paralizara a todos los presentes. Se hizo el silencio. Walt se vio alumbrado por una luz perpendicular y sacó una pistola apuntando al techo.

<<Es hora de poner fin a todo esto>> dijo, y disparó haciendo tambalear una lámpara de araña.

Estaba sudando, sus ojos escrutaban todas las miradas intentando decidir quién sería el primero. Fue entonces cuando alguien gritó

¡Corten!