domingo, 3 de junio de 2018

SOMOS ANIMALES

Somos animales. 

¿O acaso nunca te has sentido como un ave migratoria desorientada? 

¿Nunca te has quedado quieto o petrificada al escuchar el aliento de algo que resopla en tu oído como queriendo decir "estate alerta"? 

¿No has sentido, en mitad de la noche, unas cosquillas serpenteando por tus piernas, ni te han despertado unos bufidos sin sentido? 

Somos animales. 

¿O me vas a negar que alguna vez has olvidado la razón y seguido tu instinto sin miedo a equivocarte?  

Dime, ¿te atreves a reconocer que cuando la persona que menos esperabas se fue volando no sentiste ni un gramo de la melancolía que sufre un periquito cuando su pájaro favorito echa a volar? 

¿No es verdad, que construiste con sus plumas el nido donde viviste en cautividad hasta que el felino que te arañaba por dentro tuvo las agallas de romper la jaula y cabalgaste, y te dio por aullar cerca del mar? 

Entonces dime que tu pasado no está hecho de plumas, y que a veces es tan ligero que te da miedo olvidar. 

Somos animales. 

Provocamos arritmias. 

A veces alguien consigue ver lo que nos brilla, aunque esté escondido entre nuestros trastos. 

No les da miedo saltar de cabeza y rebuscar en nuestra basura. 

Sí, hay personas que se comportan como urracas azules, a oscuras. 

Provocamos arritmias, pasamos el tiempo saltando de un nenúfar a otro croando momentos. 

Somos animales. 

¿O jamás has necesitado mutar en una especie que hiberna, para oler el hielo en los sueños y pasar el frío sin darte cuenta? 

¿No te has quedado sin respiración, intentando estirar todo tu cuerpo como una tortuga, para darle la vuelta al mundo y encontrar de nuevo tu equilibrio? 

¿No te has aburrido de tu crisálida? 

¿No has roto tu cascarón? 

¿No has sido una garrapata y has hundido tu cabeza, y todo lo que hay dentro, en el centro de otras pieles? 

¿No has olido el miedo y corrido a refugiarte en tu madriguera camuflada en la nieve? 

De verdad me estás diciendo que  

¿Nunca has cacareado? 
Paula Bonet

miércoles, 2 de mayo de 2018

CHAO VIVALDI



Enséñame a aguantar la respiración

porque ahora es el momento de coger aire.

Dentro de mí hay cuatro estaciones y un paisaje.

Hay una jungla con plantas salvajes.

Un lago que parece imperturbable

porque sus ondas son lentas y ordenadas.

Hay un desierto que quiere ser habitado.

Y un invierno donde refugiarse.

Un Sol y una tormenta permanente.

También he de contarte

que hay un edificio con alquitrán

derramado en las paredes.

Es tan oscuro

que no me extraña que sea ahí

donde guardo mis miedos.

Chao Vivaldi

Las estaciones se deshacen.

LLueve barro en Madrid.

Desenterramos flores

antes de que levanten

la cabeza los girasoles.

Pasamos de abril.

Chao Vivaldi

Báilame el fuego

que huele a San Juan.

Lanza sueños a la hoguera

a ver dónde van.

Mayo y aguacates.

Los guacamayos de mi cabeza

se han desteñido.

Echa a la hoguera el nido.

Dale un sorbo a este nuevo ciclo.

Chao Vivaldi

y a tus cuatro estaciones de Renfe.

Ten fe en mi café

porque no te fallará ni una mañana.

Sigue esta canción 

sin ninguna instrucción.

Hagamos con preguntas 

una construcción.

Arquitectura confusa

con alguna exclamación.

Chao Vivaldi

Nos vemos en la repisa del Sol.

Tirando del cielo

Sacándome de mis casillas

Vertiendo los dados

Jugándolo todo

Rompiendo mis esquemas

es-que-más claro 

no puede estar.

Poniendo a la venta los números

Empezando a sumar

Curando de una vez

los costipados.

Travis Bedel

lunes, 16 de abril de 2018

LO QUE PASA CUANDO NOS ROMPEMOS


¿Te han dicho alguna vez eso de que cada día algo cambia?

Aunque todo parezca quedarse en el mismo sitio.

Como cuando un jarrón o un plato cae al suelo y se desintegra por completo.

No importa que todo esté desperdigado y quebrado, recolectamos los cachos y los pegamos lo más fuerte posible para volverlos a sellar y creer que nada ha cambiado.

Es imposible, porque a ese jarrón o ese plato siempre le faltará, aunque minúsculo, un pedazo.

Eso es lo que pasa la primera vez que nos rompemos. 

Porque sé que tú también te has roto alguna vez.

Puede que al igual que un jarrón o un plato, que al deslizarse fuera de su zona se desestabiliza.

O quizá te rompiste estando sentado, o cuando estabas muy quieta.

Tan rodeado o rodeada de silencio que pudiste escuchar cómo una de tus piezas se agrietaba, y el dolor, ese pinchazo en tu centro se clavaba y quebraba tus huesos dejándote sin respiración.

Un día como otro, sin que pasara nada especial, un martes de octubre por ejemplo, mirando el gotelé de tu salón con las piernas cruzadas.

Un miércoles en la sala de espera del médico ojeando una revista.

Una mañana soleada, con niños jugando en el parque y olor a pan recién hecho.

De cualquier forma. 

Yo sé que tú también te has roto sin merecer un mínimo arañazo.

Y sé que habrá un pedazo de ti que buscas cada día, en todos los rincones, para poder reconstruirte.

Pero aunque lo encuentres, te diré que ya no eres el mismo, ni la misma.

Ahora eres más fuerte.


Carne Griffiths


miércoles, 7 de febrero de 2018

DERRÁMATE

Derrámate conmigo.

Deslízate por la moqueta.

Cerca.

Mira el techo.

Escuchemos ese vinilo.

No importa lo que venga después.

Sigue mirando las grietas,

dime lo que hay dentro de las tuyas,

haz que llueva la historia de tus heridas.

Pregúntame.

Azul o verde,

café o té,

Perú o Mongolia,

tiovivo o noria,

martes o jueves,

quince o trece,

whisky o ron,

Óscar o Goya,

chocolate o turrón.

Ráscame la sombra.

Échate a reír.

Quema un billete.

Pon tu dedo en un mapa,

haz que se encuentre con mi índice en el índico.

Para el tiempo.

Ayer.



miércoles, 24 de enero de 2018

DESNUDARSE

Yo tenía unos nudos en mi cabeza.  Ya no se pueden deshacer. Yo misma fui quien decidió dejar crecer las raíces de enredos que nunca estuvieron bajo tierra.

Todo empezó en una calle de Cracovia, vestida de colores y una naríz de payaso.

Perdiendo el miedo a cambio de un puñado de eslotis. Hasta que alguien con uniforme nos dijo que si no queríamos líos, nos fuéramos de allí. Pero un lío era precisamente lo que yo trataba de tejer.

El siguiente nudo no tardó en llegar, casi no lo recuerdo, quizá lo tenga que inventar.

Juraría que fue en un camping francés con estrellas en el techo, después de un charla intensa con un tipo holandés, que decidió aparcar la caravana y decir adiós en un lugar que sigo sin comprender.

Las raíces crecieron.

Siguieron enredándose.

Viajé a Marruecos.

Y en el comienzo de la vuelta, antes de que el autobús se averiara en la hora novena, otro nudo apareció.

Ya sólo quedaba una raíz. Vino una tarde cualquiera en el salón de un piso de Madrid, con un hilo azul que contra todo pronóstico siguió estando ahí. Como todo lo que sin venir a cuento sucede, porque tiene que suceder, aunque a veces tire de nosotros y duela.

Pero los enredos no son para siempre, por muy fuerte que sople el viento.

Ya era hora de podarse y quitarse peso.

Aunque fuera insignificante.

¿Puede algo insignificante estar cargado de significado?

El primer corte fue por la mañana, sin pensar demasiado, en un apartamento cochambroso de un barrio al sur de Bucarest.

El segundo con un cuchillo, una noche buena en Estambul, y al acostarme y apoyar la cabeza en la almohada recordé la noche en el desierto, las dunas, el silencio. Y hasta creo que mastiqué un poco de arena y un escalofrío me arropó por un momento.

El mundo no para, aunque a veces se nos frene la vida. Pero yo volé sobre las nubes antes de aterrizar en Grecia, y la hora de salida fue la de la bienvenida en Atenas. Y allá arriba, sosteniendo el nudo que ahora estaba en mis manos rompí a llorar. 

No puedo explicarte por qué.

En ese espacio de no-tiempo pude ver un leve resplandor de las estrellas que no conté, en aquel camping no muy lejos de Montpellier.

El año iba a acabar, había que quemar el pronóstico de los propósitos y podar la última raíz, que en realidad fue la primera.

Intenté hacerlo yo misma, pero no siempre es fácil deshacer los nudos sola. A veces hay que buscar unas manos que te guíen, unas palabras alentadoras, unos ojos que sin pestañear te digan “venga, pódate”.

Sonaron las campanas, comimos uvas inventadas.

Dos veces. 

Sacudí las alas.

Ya no me roza ningún enredo, no hay ásperas puntas de pelo en la cima de mi cuerpo, ni lianas con la que jugar, tapar el frío del cuello o poner un bigote falso, el moustache más largo que puedas encontrar.

Me despeino los recuerdos, me coso nuevos horizontes en la sombra como Peter Pan, desde el país donde nunca jamás había estado.

Salgo de la crisálida con más de catorce estados de ánimo, y alguna que otra lágrima.

Me quito el peso de los nudos que yo misma fui liando y se me anudan nuevas preguntas a las que todavía no puedo peinar respuestas.

Porque a lo mejor no es momento de hacerlo, si no de mandar al carajo el tiempo y des-nudarse.

Ilustración Henn Kim

lunes, 19 de junio de 2017

RELOJES ROTOS

Give me your don’t you don't. Tu grito más vibrante. Tu color favorito. Give me tonight your best memory.

Y tu guitarra eléctrica, el último cigarro, la cartera de cuadros, el pendiente que cayó por tu lavabo. El reloj de tu comunión, tu rincón favorito, la rueda de repuesto. Give me fire. Y quemamos todo esto, en un escenario antes de un concierto.

Derribemos la penumbra en un baile de luz. Destapemos a la Luna, que se mire cara a cara con el Sol.

Destruyamos lo que nos hace daño, la espina en el paladar, la quemadura de un incendio originado en nuestro centro, el escalón con el que siempre tropezamos.

Saltemos a la comba en la azotea del edificio más alto.

Rasquémonos el cielo.

Dolámonos en otro sitio. Dolámonos en los codos, en la nuca, dolámonos en el ombligo, quizás así olvidemos qué es lo que realmente nos duele.

Despidámonos de las piedras a las que pusimos nombre, echémoslas a la trituradora.

Hagamos una oda a los baños públicos.

Esos lugares con espejos repletos de arte con pintalabios, en los que nadie se libra de resbalarse con líquidos extraños.

Donde la gente se ensucia de lágrimas.

Donde firmar un abastecimiento de caricias con las manos, darnos la paz como hermanos, salir sin mirar atrás.

Salas de negocio, donde se firman contratos durante sesiones de ocio.

Donde no sé por qué, pero no existen los mediodías.

Sitio de paso, punto de encuentro en conciertos, motel privado para algunos en invierno.

Donde aullar y cacarear en una lluvia de tornillos, para que otros niños perdidos los recojan y vendan en ebay.

Y después de esta oda sin sentido, invitemos al tiempo perdido a una conferencia, o que le encierren de una vez por todas en la prisión de la indiferencia.

Hagamos una crisálida con la piel donde se tatuan las heridas.

Encerremos el dolor mucho tiempo, olvidémoslo, hasta que un día empiece a palpitar y algo nuevo salga volando, sin dramas.

Escuchemos los graznidos de la piel cuando alguien se marcha.

Mareemos a las perdices que se escaparon de los finales felices.

Abrámonos el pecho, es algo común, ya me pasó.

Dentro había un cielo azul con pájaros y corrientes de aire de todas las temperaturas.

También había un iceberg del que sólo se podía ver la punta, sin pistas de sus dimensiones verdaderas.

Un día se me abrió el pecho, era tan inmenso lo que encerraba que el dolor me dejó sin respiración.

A veces intento cerrarlo, porque temo que mi cielo se estire tanto que al final acabe por romperme, o separarme en dos mitades, o hacerme desaparecer y fundirme con el cielo de ahí fuera.

Un día se me abrió el pecho y supe que nadie sería capaz de cubrirlo o coserlo. Que a partir de entonces, siempre quedaría una grieta y sería inevitable que las cosas se colaran sin darme cuenta.

Abramos grietas.

Reventémonos las pesadillas.

Elijamos el delirio para no enloquecer.

Rajémonos el alma a ver si sangra aire encerrado.

Busquémonos los ojos.

Porque al final...todos seremos relojes rotos.


                        Ilustración Paula Bonet



lunes, 27 de febrero de 2017

A DÓNDE VAS CON TU CÁSCARA

A dónde vas con tu cáscara, sácala a pasear por algún bazar. Pide un licor casero para llevar, a una casa que esté lejos de la ciudad.

Entra por la puerta, la ventana, o el tejado. Tira un dardo que apunte al cielo, y que caiga en el pozo donde brotan las flechas, de las presas a las que cupido no pudo alcanzar.

Muerde lo que te duela y saborea el veneno, para descubrir a qué sabe lo que nos hace fuertes. Quizá después, quizá, puedas enseñar a morder.

Flagela a la gris envidia, que congela la luz de una sonrisa. Y si quiere, que entre en ebullición la pena, y se empañen los espejos con falsos reflejos. Quizá después, quizá, aprendas a mirar.

Dibuja una constelación en cualquier espalda, qué importan los lunares, todos tenemos columnas estelares.

Grita después de tus pesadillas, aunque ya hayas despertado, sin saber si el rugido es de felicidad o miedo, porque tal vez el precipicio por el que no llegaste a caer, es exactamente el lugar donde van a parar tus alaridos.

Tira por el retrete las cápsulas y sobres del sufrimiento efervescente. Quema el prospecto de cómo ingerir el odio. Quizá después, quizá, veas morir la tristeza en un equinoccio.

No regales tus miedos, total la ley de la gravedad nos persigue desde que nacemos.

Escucha el susurro que silba cuando algo está a punto de pasar. 

Llénate de cosas que te vacíen.

A dónde vas con tu cáscara. Camina creando, uno no puede volver a seguir sus propios pasos. Nos engañaron, las huellas no sirven para volver, porque todo cambia sin pausa, desde la cascada hasta el meñique de tu pie. Desde la capa de ozono hasta la neurona que te dice que el pescado no te gusta, pasando por el paso de cebra que pisas todos los días.

Ve al bosque, permanece sin hacer ruido, hasta que eschuches unos pájaros conversando a su manera, hasta que una lagartija te confunda con una piedra y suba por tu rodilla, hasta que una nutria pase resoplando a tu lado y te mire con desdén.

Quizá después, quizá, te preguntes a dónde ibas con tu cáscara.


Ilustración Sara Herranz