lunes, 8 de febrero de 2016

CANTO MUDO DE CLAQUETA

Walt despertó al escuchar un ruido, como si alguien hubiese dado un golpe seco en una superficie de madera.

Se levantó de la cama, corrió las cortinas y observó desde un plano en picado la ciudad. Los tiempos habían cambiado. Walt lo sabía. Su mundo había decaído y él tenía que hacer algo.

Mufasa murió y ahora Simba estaba pensando en abdicar. Según el abogado Mowgli, poseía todos los derechos de abandonar a su manada, por lo visto ese ciclo sin fin sí que tenía un final.

<<Esto está mal>> pensaba Walt. Encendía la radio y todo eran malas noticias, genios sufriendo el desalojo de sus lámparas, Ariel, Nemo y los demás puestos en cuarentena por intoxicación de vertidos ilegales en el mar, Mery Poppins encarcelada por tráfico de drogas con ese poco de azúcar.

»Quizás sea mejor darse por vencido, meterme en el congelador y esperar a que pasen un par de décadas.
Estoy harto. No es justo, son todos unos desagradecidos, yo les di una historia, les presté un final feliz. Lo han estropeado, les abofetearía a todos, merecen sufrir. 

Decidido, Walt salió de casa. Sus pasos eran zancadas de ira, decepción, traspiés de cuándos, de porqués.

Intentaba recordar cómo era posible aquel salto de eje mientras sentía la sensación de que un gran ojo le perseguía, dispuesto a ser testigo de cada uno de sus movimientos.

Se cruzó con varios transeúntes, allí estaba Peter el pederasta, los aristogatos rebuscando en un contenedor mientras se peleaban con los tres de los 101 dálmatas que quedaban, Alicia en una esquina, mendigando un trozo de algún hongo que la hiciera crecer, aunque eso ya fuera imposible tras haberse consumido en el país de las toxicomanías.

Walt quería escupirles, escupirles con palabras que borraran aquello en lo que se habían convertido, prender los negativos, apagar la luz.

Salió de las callejuelas y cruzó el puente que unía el castillo con el resto de la ciudad. Aquello se había convertido en un burdel donde las princesas ofrecían sus cuerpos a magos, piratas, y robots.

Walt entró en una sala concurrida, subió de un salto en una mesa que rodeaban los siete enanitos, dio una patada a lo que parecía un elefante estofado con orejas enormes haciendo que el paquidermo volara y paralizara a todos los presentes. Se hizo el silencio. Walt se vio alumbrado por una luz perpendicular y sacó una pistola apuntando al techo.

<<Es hora de poner fin a todo esto>> dijo, y disparó haciendo tambalear una lámpara de araña.

Estaba sudando, sus ojos escrutaban todas las miradas intentando decidir quién sería el primero. Fue entonces cuando alguien gritó

¡Corten!






4 comentarios:

  1. ¡Hasta el sombrerero más loco y estrafalario se quitaría el sombrero ante tal relato!

    Touché.
    I'm feeling!

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  2. Hemos crecido viendo esas películas decenas de veces, tardes y tardes de palomitas con Disney. El recuerdo de todas ellas hilvanadas en el texto hacen, que a la vez que leo me asalten las escenas...

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  3. ¡Me ha gustado mucho cómo has introducido a los personajes en la sociedad actual! La comparación de "la píldora" de Mary Poppins ya la había oído, pero ¡me ha encantado Alicia mendigando por un hongo que le haga crecer!

    María.

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